12 jun. 2017

No son juegos del lenguaje

Es posible que ante un discurso abrumador uno sienta, inconscientemente, la necesidad de defenderse, de ocultarse. Pese a lo genial y beneficioso de estar uno ante una situación exigente, puesto que nos da la oportunidad de superarnos en algo (como, por ejemplo, quedarnos sin clavos), los asuntos que se nos muestran como fuera de nuestro dominio y que se nos insinuan como debiendo estar dentro de él a menudo nos espantan. Y como, en general, solemos querer tener las cosas controladas, nuestras preguntas inmediatas respondidas, el sentido de la vida más o menos definido (aunque digamos que no), es muy frecuente que generemos contradiscursos que, de algún modo u otro, invaliden o desvaloren aquel que, decíamos, nos resulta abrumador.

A veces este es el caso de la filosofía y sus textos. Percibidos comúnmente como entelequias, como palabras raras agrupadas para ofrecer una suerte de diversión y/o entrenamiento similar al de completar sudokus, los escritos de esta materia guardan en realidad otros espacios y fines que les son propios. Uno de los más importantes nace de la rama conocida como filosofía de las ciencias. Con sus diferentes vertientes y formas de abordarla, el desarrollo epistemológico de disciplinas como la física, la biología o la medicina tiene como facultad la capacidad de sacar a la luz la intrínseca capacidad que poseen de producir conocimiento. Es decir: se consigue así hallar los límites propios de estas ciencias, más allá de los cuales la realidad "pertenece" a otro campo de investigación. Fuera del trabajo de despacho y biblioteca, esto tiene no vanales implicaciones prácticas. Por ejemplo, es muy frecuente que, dentro de un mismo método de investigación científica, aparezcan conclusiones o protoconclusiones que manifiesten insuficiencia cognoscitiva, redundando en enormes lagunas a la hora de aplicarlas a un campo de trabajo, o que incluso se den contradicciones entre varias de esas conclusiones, generando significativas disputas entre profesionales. Es bastante seguro que una revisión epistémica redunde en un saneamiento científico que despeje incógnitas y resuelva conflictos.

A parte de eso, es más importante el caracter de descubrimiento de la realidad en sí misma que tiene la filosofía a lo largo de la historia. Los seres humanos, en el trato con las cosas y con otras personas somos absoluta y fundamentalmente incapaces de despojar de sentido a la realidad. Dicho de otra manera sería algo así como que "vivimos en el pensamiento". Diversos pensadores han tratado de explicar esto con unas u otras palabras. Sentido aquí no es solo implicación o relación, es decir, no es solo que el rojo es rojo para alguien, o que lo es por contraste o diferenciación con respecto otros colores, o que lo es en tanto desencadena una respuesta particular, etc. Sentido aquí quiere decir que lo rojo tiene un modo particular de ser o de llegar a ser, de emerger entre otras cosas, que ese modo de llegar a ser puede ser alumbrado o puede ser velado, y que ese alumbramiento o velamiento es simultáneo a una actitud que está también velando o alumbrando otros aspectos de la realidad, condicionando así no solo el comportamiento propio sino, y aunque pueda sonar dramático, el destino del mundo. La manera en que nosotros vivimos nuestra vida obedece a una determinada visión sobre las cosas, sobre qué son y cómo llegan a ser, qué pueden llegar a ser y qué no. Esta visión, por fundamento, incluye parcelas de la realidad total y excluye otras. Esta visión es en estructura puro pensamiento. Esta visión diferencia, agrupa y distribuye, atribuye cualidades y cantidades, ordena temporal y causalmente, otorga o despoja de origen o fin a las cosas, etc. La filosofía trata de desentrañar el cómo opera este puro pensamiento, esta visión, ocupándose no de las cosas que ya tienen un modo de ser, sino del cómo las cosas llegan a ser de uno u otro modo. Y si tenemos en cuenta que la ética, la costumbre, el hacer, el relacionarse social y político también se fundan en esta visión, obtenemos que la filosofía es capaz de, como mínimo, indicarnos, en caso de que estemos perdiendo el rumbo, cómo corregirlo.

16 abr. 2017

Un problema para la Inteligencia Artificial

Comúnmente se entiende por Inteligencia Artificial una entidad que, diseñada y desarrollada por el hombre y no necesariamente apoyada en tejido vivo, sea capaz de manifestar un entendimiento similar al humano, quizá con mayor capacidad. Un ordenador capaz de, por ejemplo, componer una obra musical, sería un ejemplo de Inteligencia Artifical. Los últimos avances en este campo de la investigación aparecen, como es evidente, en el ámbito de las ciencias positivas: teorías del aprendizaje (generalmente del marco cognitivo-conductual), neurología, ingeniería y robótica, etc. En última instancia, teoréticamente hablando, todos los intentos del pensamiento moderno para describir el funcionamiento de una mente "diseñable" culminan en la Cibernética, de la cuál decía Bateson que era "el bocado más grande que el hombre ha dado jamás al fruto del árbol de la ciencia". A este autor brillante se le puede reprochar, quizá, una falta de dominio de historia del pensamiento. La Cibernética pone énfasis en toda una jerarquización de partes y todos, íntimamente interrelacionados, conectados, generando algo así como un eterno circuito causal. Desde aquí, la información que genera esta ambiciosa teoría de redes permite que tu buscador de internet sepa con aterradora precisión tus deseos, o que los programas de simulación de interlocutor te proporcionen algo muy parecido a una "conversación real". Pero, insistimos, este es, quizá, el culmen, pero de la ciencia moderna. Y recordamos que, para ella, la cosa es objeto, gracias al sujeto-hombre que la eleva al grado de cognoscible; como objeto, la cosa es medida, calculada, descrita en sus propiedades, atributos. La cosa, ya aparecida, es inequívocamente una, con un flujo de información que le es propio y con toda una serie de características que le son ajenos.
Desde los inicios de la filosofía griega, varias escuelas han insistido en algo que otros tantos autores, contemporáneos a ellos y también más recientes, han combatido con determinación, pero que no deja de tener un valor incalculable para lo que al pensar humano atañe. Este algo en el que insistieron era el que "algo" puede ser, y es, a la vez "algo" y "no-algo". Desarrollado con distintos discursos (el de Heráclito, el de Cratilo, el de Empédocles...), se insiste en que la cosa, al aparecer, puede mostrarse ya ambiguamente, ya contradictoriamente, de manera que, al menos en principio, nunca podría ser inequívocamente una cosa, como la luz roja es inequívocamente una longitud de onda electromagnética de unos 650 nm. Este punto necesita, más que probablemente, un comentario más pormenorizado, que por ahora no podemos permitirnos. En cualquier caso, nos puede ayudar a entenderlo, al menos un poco mejor, Zubiri, quien en su Inteligencia Sentiente nos cuenta que un animal podría perderse entre sus respuestas, pero un humano puede perderse entre las cosas. Es decir, que en este proceso que podemos llamar formalización, intelección o aprehensión de la realidad, un ser humano puede no terminar nunca de vaciar una única percepción, de la cuál puede emerger una sustancialidad inagotable. El cuchillo es herramienta, es arma, es instrumento de música, es obra de arte, y todo lo que se descubra en él.
Volviendo al tema de la IA, decíamos que esta habría de consistir en una imitación o reproducción de la mente humana.Y añadiendo a esto lo posteriormente desarrollado, vemos que el problema aparece cuando el modelo que se está empleando de mente humana es ya sabido, desde hace más de 2500 años de historia, incorrecto. A lo sumo, continuando el camino de la Cibernética, podrá diseñarse el animal parlante con el procesamiento estímulo-respuesta más veloz del mundo. Incluso gracias a las teorías de aprendizaje, podrá seguir incorporando redes y redes de estímulo-respuesta, haciéndose parecer ante nosotros tan inteligente como Facebook o Google. Pero quedará muy lejos del nous.

21 mar. 2017

Alborada perpetua (presagios de Ortega)

Las verdades teóricas no sólo son discutibles, sino que todo su sentido y fuerza están en ser discutidas, nacen de la discusión, viven en tanto se discuten, y están hechas para ella. Pero el destino -lo que vitalmente se tiene o no se tiene que ser- no se discute: se acepta o no.Si lo aceptamos, seremos auténticos, si no lo aceptamos, seremos la falsificación de nosotros mismos. El destino más bien se reconoce y muestra su claro, riguroso perfil, en la conciencia de tener que hacer lo que no tenemos ganas. Pues bien, el señorito satisfecho se caracteriza por saber que ciertas cosas no pueden ser, y por lo mismo, fingir con sus actos y palabras la convicción contraria. (...) Ésta es la esencia del hombre masa, la insinceridad, la "broma". Juega a la tragedia porque cree que no es verosímil la tragedia en el mundo civilizado.
Un ventarrón de farsa general y omnímoda sopla sobre el terruño europeo. Casi todas las posiciones que se toman son falsas. Los únicos esfuerzos se tornan en huír del propio destino, evitar el careo con ese que tiene que ser. Es la época de las corrientes y del dejarse arrastrar. No podía comportarse de otra manera este tipo de hombre nacido en un mundo demasiado bien organizado, del cual sólo percibe las ventajas y no los peligros.

J.O.G
La rebelión de las masas.
1930

27 feb. 2017

Kierkegaard y el existencialismo

Se nos ha hecho saber, desde la academia[1], que Kierkegaard es el precursor del movimiento conocido como existencialismo, o al menos uno de ellos. Esta entrada pretende defender que esta es una aseveración totalmente incorrecta.
Tal afirmación, por lo general, suele sustentarse en una errónea pero muy común noción de aquello que sea esto del existencialismo. Según esta, se lo hace relacionar con una suerte de ética de vida, a su vez ligada a una serie de sentimientos, tales como el de la angustia, que aparece explícitamente en la obra del filósofo danés, y también en la de un autor propiamente existencialista como Martin Heidegger. Es decir: se entiende que esta visión intelectual sostiene que una verdadera reflexión sobre lo que sea la vida de un hombre lleva ineludiblemente a un tormento, a partir del cual uno tiene que tener el valor de tomar decisiones y de aceptar que son algo así como genuinas, no arbitrarias pero tampoco destinales, sino personales, contingentes y humanas. Tantas y tantas veces se habrá dicho esto de "la existencia precede a la esencia". Y esto querría decir que la esencia no es nada, y para eso mejor que no se la miente. Pues bien: no sólo Kierkegaard es más que eso, sino que el existencialismo no es eso en absoluto.
El primero, que sin duda se ha alzado como uno de los más grandes pensadores del asunto teológico cristiano, si bien pudo recrearse en lo “difícil” de la vida[2] (y así lo apoya además lo que se sabe de su biografía), tal y como se muestra en varias de sus obras, entregó al mundo aportes muchísimo más valiosos. Él pensó durante la primera mitad del siglo XIX. Esto quiere decir que pensó al inicio del fin del modernismo. El modernismo es el encumbramiento por excelencia de la razón humana, desde Galileo hasta Kant, pasando por Descartes. Fue durante el modernismo que el ser humano se elevó a la categoría de Sujeto (nunca antes había sido así), y de hecho así aparece referido el hombre en las obras de Kierkegaard. Por ejemplo, en La enfermedad mortal, se nos explica que el “sujeto” es una “síntesis de lo temporal y lo eterno” o de “lo finito y lo infinito”, que es “espíritu”, etc. No obstante, y esto queda reflejado desde el principio del primer trabajo de Kierkegaard, podemos encontrar a lo largo de todos sus escritos una concienzuda lucha contra esta absolutización de la razón humana. Para él, el todo siempre estará “más allá”. Así pues, primera contribución: ser un intento de superación del modernismo. Ahora le tocaba decir entonces cuál es el lugar del hombre y cuál es el lugar del todo. Y ahí le aparece su herencia cristiana, y su magnífica visión de lo que la Fe es. Y esto es fácilmente confundible con una simple ética de vida, cuando en realidad es un tema tan difícil que una entrada de blog no da para ello. Resumidamente podremos decir que él pretendía defender la enormísima limitación del hombre frente a un inexorable absoluto que, incluso pudiendo contradecir a la ética universal, seguiría siendo lo bueno y verdadero. Segunda contribución: el absoluto siempre escapará a nuestras definiciones.
Y, ¿dónde estaba ahí la ex-sistencia? El análisis de la existencialidad, llevado explícitamente a cabo por primera vez en el libro Ser y Tiempo habla de la constitución fundamental de lo que Heidegger llamó Dasein. Como esto también es más extenso de lo que nos podemos permitir aquí, habremos de ser otra vez escuetos. Existir viene del latín, de la adición de un “ex” (fuera) a “sistere”, “sistencia”, que es un “estar”[3].  De esta manera, el existencialismo nos muestra una especie de trascendencia ontológica propia del “ente que existe”, el cual constitutivamente está o es fuera de sí mismo (es decir, no es inmanente). La descripción de este estar o ser fuera de uno mismo implica muchas y diferentes cosas[4]. Y constitutivamente significa también esencialmente. Preliminarmente, podemos identificar al “ente que existe” con el hombre, de tal modo que el existencialismo es la teoría que nos muestra que la esencia del hombre es la existencia, o bien, la esencia del hombre es ser-fuera. ¿Dónde están aquí el sujeto, el espíritu o la Fe?


[1] Aclaración (más vale tarde que nunca): comúnmente se usa en las entradas de este blog la expresión “la academia” no para referir a un sitio particular, sino para englobar al método de enseñanza que se sigue generalmente en colegios, institutos y universidades.
[2] Raro sería que no se hubiese escrito anteriormente sobre esllo.
[3] Aquí aparece el notable parecido con el vocablo alemán Da-sein, ser-ahí (ser/estar ahí/fuera).
[4] Una de las más interesantes es la constatación de que la ciencia positiva (por ejemplo, la física actual) es tan sólo un modo de ser del Dasein, y no la legítima y única forma de acceder a las cosas.

6 feb. 2017

Trampantojo de conciencia reflexiva

"Basta de verdades desagradables, resumamos, señores; sería absurdo que el hombre a quién hay que amputarle  una pierna gangrenada le dijera a su cirujano: esta pierna está muy sana."


Rojo y Negro.
Sthendal.

Cuando uno habla no siempre asume de forma lúcida el olvido. Esta promesa de desaparición cierta  tiene que ver más siempre con el dicente que con lo dicho. Es decir, que al alejarme de la significación pasada, la que fue, estoy también alejándome de ese que era entonces. De la misma forma, los descuidos, esas más o menos conscientes indiligencias ante el tiempo del hablar. De igual manera también los silencios, que  poseen su propio signo y representación sean descifrados o no. Lo que sí resulta meridianamente claro es que en todos los casos existía un sentido previo que atañe a la intencionalidad. Siempre puede ocurrir que la palabra disfrace al pensamiento, como dijera Mallarmé, de forma que el silencio no fuera ritmo sino omisión, y el descuido plenamente consciente. ¿Produzco lo que pienso?¿Coincide con mi logos? Todas estas cosas dificultarían  actualizarse en discursos pretéritos y aún así cabe preguntarse qué nuevas formas de poner en relación las cosas dichas, descuidadas y silenciadas otorgará la distancia. Otros han hablado de perspectivas. En cualquier caso el velo cede.


16 ene. 2017

¿Valor de la historia?

Sirve para aprender, no a ser prudente (para la próxima) sino a ser sabio (para siempre).

10 ene. 2017

Bauman y los estados

Murió Bauman, y con él, los teóricos de referencia que desde el siglo XX se aventuraron a realizar grandes prospecciones teóricas hacia la modernidad (Boudrillard, Beck, Bauman y Bourdieu). De entre todos, la modernidad líquida (tardía en la producción de Bauman) acaparó la mayor parte de la atención sobre su obra. 

En una defensa de Trabajos fin de máster, se me criticó la falta de "imaginación sociológica" a la hora de abordar una tarea meramente práctica. En la antítesis encuentro yo a Bauman, que condensó la deriva de la sociedad occidental, mediante una metáfora física, la de la disolución estructural  sólida hacia un estado líquido, poco dado a mantener su forma, volátil, dinámica, protagonista de las modernas  relaciones económicas, familiares, culturales o afectivas.

Un mar de la modernidad sin orillas. No recuerdo si el sociólogo veía más allá del estado informe del fenómeno social. Si alguien me pregunta, diría que hay quién anhela un estado aún màs liviano de las cosas. El advenimiento de la modernidad gaseosa. Sin duda.